sábado, 16 de enero de 2016

La anorexia, a diario la recuerdo


Hace más de 17 años que vivo en el mismo barrio: Sant Andreu, un lugar en el decidí quedarme, después de un año fuera de Barcelona.

Recuerdo los primeros días por sus calles, rebuscando entre lugares y vecindario... hasta sentirme completamente a gusto. Al principio no saludaba, porque a nadie conocía. Al poco tiempo, tímidamente a los vecinos y ahora ya me saludan y  saludo. Mamás de antiguos compañeros de Marc, a la chica del súper, a la peluquera, a José el del parquing... los suficientes y alguno más.

A otras personas las reconozco, pero todavía no las conozco. Sé que viven en el mismo barrio que yo. No más. Y entre ellas, algunas me llaman más la atención que otras.

Hacía muy poco que vivía en casa y ya me llamaban poderosamente la atención una madre y una hija. Yo creía que lo eran, y ahora sé que es así.

La madre siempre delante, con la mirada al frente y ojos abiertos... como avisando de lo que venía tras ella. Cinco o seis pasos por detrás, la hija. Siempre con un cigarro colgando... a punto de caer, pero mágicamente inmóvil.

Mirada al suelo... diría que más allá del asfalto. Pies arrastrados y andares derrotados. Sus hombros parecían cogidos con pinzas y su cuerpo caído... siempre rendido hacia delante.

El cigarro todavía hoy le obligaba a entornar los ojos y los pantalones, casi 20 años después, le siguen viniendo grandes... inmensos. Su cara triste y su extrema delgadez,  no pasa desapercibida nunca. Siempre pensé que sufría anorexia y que su madre estaba preparada para no librar esa batalla

El tiempo me ha dado la razón y todo me lo ha contado. Son madre e hija.

A diario, oigo por el patio de luces de mi cocina: 'Engracia, ¿qué has hecho con la comida?, 'no puedes comer sólo esto y no te vas a ir a la cama sin cenar'.

Entre sollozos Engracia responde lo que puede... la mayoría, excusas sin ton ni son. El peor rato para ella, cuando viene su hermana le cocina y, claro está,  la obliga a comer. Las peleas van a más y a más y a más... y la mayoría de veces, terminan con un portazo y creo que con algún empujón.

Pasa de los cincuenta. Tiene diez o doce más que yo, y lamentablemente sigue metida en el callejón. Cada día me la cruzo... diría que me la tropiezo. 

Hace cuatro años que es mi vecina. Vive en el entresuelo primero (pared con pared con mi casa), y todavía no saluda. No alza la mirada del suelo y baja las escaleras con el cigarro puesto. Allí por donde pasa deja un rastro de ceniza, que mi marido o yo acabamos barriendo.

Todavía hoy su cara es triste, los pantalones le quedan grandes y los huesos se le marcan. Cuánto me hubiera gustado equivocarme!

Gracias por leerme!



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